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lunes, 24 de junio de 2019

Sartre y la libertad.


Un día, durante la ocupación, decía Sartre, un antiguo alumno suyo había ido a verle y a pedirle consejo. El hermano del joven había muerto en combate en 1940, antes de la rendición de Francia; luego su padre se había convertido en colaborador y había abandonado a la familia. El joven era el único apoyo y la única compañía de su madre. Pero lo que ansiaba hacer era escabullirse y pasar la frontera por España o por Inglaterra para unirse a las fuerzas de la Francia libre en el exilio y luchar contra los nazis... por fin vería combates encarnizados y tendría la oportunidad de vengar a su hermano, desafiar a su padre y ayudar a liberar su país. El problema era que dejaría a su madre sola y en peligro, en un momento en que era difícil incluso llevar algo de comida a la mesa. Y también le causaría problemas con los alemanes. De modo que... ¿debía hacer lo correcto con su madre, beneficiándola claramente a ella sola, o debía aprovechar la oportunidad de unirse a la lucha y hacer algo bueno por muchas personas?


Los filósofos todavía siguen metiéndose en líos al intentar responder a interrogantes éticos. El enigma de Sartre tenía algo en común con un famoso experimento de pensamiento, el «problema de la vagoneta». Este plantea que tú ves un tren a toda velocidad o una vagoneta corriendo por una vía sobre la cual, un poco más adelante, están atadas cinco personas. Si no haces nada, las cinco personas morirán... pero te das cuenta de que hay una palanca de la que podrías tirar para desviar el tren hacia una vía lateral. Si lo haces, sin embargo, matarás a una persona, que está atada en esa parte de la vía, y que estaría a salvo de no ser por tu acción. Así que: ¿causas la muerte de esa única persona o no haces nada y permites que mueran cinco? (Hay una variante, el problema del «hombre gordo»: solo se puede descarrilar el tren arrojando a un individuo obeso a las vías desde un puente cercano. Esta vez debes poner físicamente las manos en la persona a la que vas a matar, cosa que hace el dilema mucho más visceral y difícil.) La decisión del alumno de Sartre podría verse como una decisión similar al «problema de la vagoneta», pero más complicada aún por el hecho de que no podía estar seguro de que yendo a Inglaterra ayudase realmente a nadie, ni tampoco de que dejar a su madre le hiciera sufrir a ella algún daño grave...
Sartre escuchó su problema y dijo sencillamente: «Eres libre, por tanto, elige... es decir, inventa». No hay nada seguro en este mundo, le dijo. Ninguna de las antiguas autoridades puede aliviarte del peso de la libertad (el joven ya había pensado en buscar consejo en un sacerdote, un filósofo o escuchar su voz interior, antes de dirigirse a su antiguo profesor). Puedes sopesar consideraciones morales o prácticas con todo el cuidado que quieras, pero al final debes arriesgarte y hacer algo, y solo depende de ti lo que sea.
Sartre no nos dice si el estudiante encontró útil todo aquello, ni tampoco qué decidió hacer al final. No sabemos ni siquiera si existió de verdad, o si fue en realidad una amalgama de diversos amigos jóvenes o incluso una invención. Pero lo que Sartre quería que entendiera el público (esto lo comentó en una conferencia para el "club Maintenant", y después sería descrito en El existencialismo es un humanismo) es que cada uno de ellos era tan libre como el alumno, aunque su situación fuera menos dramática...aunque la situación sea insoportable (quizá te enfrentes a la ejecución, o estés confinado en una prisión de la Gestapo, o a punto de caer por un acantilado), sigues siendo libre de decidir qué hacer, en mente y en acto. A partir del lugar donde estás, puedes elegir. Y al elegir, también eliges quién serás.
Si esto suena difícil e incómodo es porque lo es. Sartre no niega que la necesidad de seguir tomando decisiones nos provoca una ansiedad constante. Él aumenta aún más esa ansiedad señalando que lo que haces sí que importa realmente...“Si evitas esa responsabilidad engañándote a ti mismo como si fueras la víctima de las circunstancias o del mal consejo de alguien, no estás consiguiendo hacerte cargo de las exigencias de la vida humana y eliges una existencia falsa, apartada de tu propia «autenticidad».
Junto con el lado terrorífico de todo esto viene una gran promesa: el existencialismo de Sartre implica que es posible ser auténtico y libre mientras sigas haciendo el esfuerzo. Es emocionante y terrorífico a la vez, y por los mismos motivos. Como resumió Sartre en una entrevista, poco después de la conferencia: 

“No hay camino marcado que conduzca al hombre a su salvación; este debe inventar constantemente su propio camino. Pero para inventarlo es libre, responsable, no tiene excusas, y en él reside toda esperanza.”


Referencia:

En el café de los existencialistas. Sarah Bakewell.

martes, 24 de noviembre de 2015

Sartre en la segunda guerra mundial, su transformación y la fundación del movimiento Socialismo y Libertad.

Sartre en la segunda guerra mundial, su transformación y la fundación del movimiento Socialismo y Libertad.


“Así pues, yo estaba allí, en el frente, vestido de uniforme, que por cierto me quedaba muy mal, en medio de otras personas que llevaban el mismo uniforme que yo; teníamos una relación que no era familiar ni amistosa y que sin embargo era muy importante. Desempeñábamos papeles que nos eran distribuidos desde fuera. Yo lanzaba globos meteorológicos y lo miraba con un anteojo. Me habían enseñado a hacerlo cuando ni siquiera pensaba que lo utilizaría, durante el servicio militar. Y allí estaba en el frente, haciendo ese oficio, entre desconocidos, que hacían el mismo trabajo que yo, que me ayudaban a hacerlo, a quienes yo ayudaba. Mirábamos cómo subían los globos de entre las nubes a algunos kilómetros de distancia del ejército alemán, donde había soldados como nosotros, que también se ocupaban de eso, y donde había otros soldados que se disponían a atacarnos. Eso era un hecho absolutamente histórico. Me encontré bruscamente dentro de una masa, en la que me habían asignado un papel concreto y estúpido que debía interpretar y que interpretaba frente a otros individuos, vestidos como yo con uniformes militares, y que tenían la función de desbaratar lo que nosotros hacíamos y, al final, atacar.
La segunda, y la más importante toma de conciencia, se produjo por la derrota y el cautiverio. A partir de cierto momento, fui retrocediendo hacia otras posiciones junto con mis compañeros; llegamos en camión a una ciudad; nos instalamos en ella; dormíamos en las casas de los lugareños; nos enfrentábamos con alsacianos de mentalidad muy variable. Recuerdo a un campesino alsaciano que estaba a favor de los alemanes y que sostenía tesis progermánicas, en contra de las nuestras; dormíamos, nos marchábamos, pero no sabíamos si escaparíamos del ejército alemán. Nos quedamos en aquella zona  tres o cuatro días. Los alemanes se acercaron. Una noche oímos los cañonazos que disparaban sobre un pueblo a una decena de kilómetros de donde nosotros estábamos; lo veíamos bien al final de la llana carretera, y sabíamos que los alemanes llegarían al día siguiente. Y también entonces me impresionaron históricamente aquellos hechos, que eran pequeños acontecimientos que no se escribirían en ningún libro de texto, en ninguna historia de la guerra; un pueblecito era bombardeado; otro esperaba ser tomado al día siguiente. Había gente acorralada allí, esperando que los alemanes se ocuparán de ellos. Yo fui a acostarme; habíamos sido abandonados por nuestros oficiales que fueron a pasearse por el bosque vecino con una bandera blanca en la cabeza y fueron hechos prisioneros como nosotros, pero a diferentes horas. Soldados y sargentos nos quedamos allí, nos dormimos y a la mañana siguiente oímos voces, disparos, gritos. Me vestí rápidamente; sabía que aquello quería decir que iba a caer prisionero. Salí; había dormido en la casa de unos campesinos situada en la plaza del pueblo; y salí; y recuerdo que tuve la impresión de que interpretaba una escena en una película, de que aquello no era verdad. Había un cañón que disparaba contra la iglesia, donde sin duda se habían escondido resistentes llegados la víspera; no era ciertamente gente de nuestro batallón, puesto que no soñábamos resistir, además tampoco disponíamos de medios.
 Atravesé la plaza bajo el fuego de los alemanes, para llegar donde ellos estaban; me empujaron y me metieron dentro de un inmenso grupo de muchachos que iban hacia Alemania. Esto lo he contado ya en La Muerte en el Alma pero lo atribuí a Brunet. Caminábamos y no sabíamos muy bien qué iban a hacer con nosotros. Algunos esperaban que nos liberarían dentro de ocho o quince días. Eso ocurrió el 21 de junio, día de mi cumpleaños y día del armisticio. Caímos prisioneros unas horas antes de que se firmará el armisticio. Nos llevaron a un cuartel de la gendarmería, y también allí entendí qué era la verdad histórica. Me enteré de que yo vivía en una nación expuesta a diferentes peligros y que estaba expuesto a esos peligros. Había una especie de unidad entre los hombres que estaban allí; una idea de derrota, una idea de estar prisionero, que en aquel momento parecía mucho más importante que todo lo demás. Todo lo que antes había escrito y aprendido, ya no me parecía válido, ya no tenía un contenido. Había que estar allí, comer cuando nos daban de comer, lo que sucedía pocas veces; algunos días no comíamos absolutamente nada porque no habían previsto que fuéramos tantos los prisioneros. Dormíamos en aquel cuartel, en el suelo, en diferentes sitios. Yo estaba en la buhardilla con un montón de compañeros, dormíamos en el suelo, muertos de hambre, y así pasamos dos, tres días, como muchos compañeros, delirando, porque no teníamos nada que comer, echados en el suelo; había horas de delirio y horas de sangre fría, eso dependía. Los alemanes no se ocupaban de nosotros. Nos amontonaron aquí, y luego, un buen día, nos dieron un poco de pan y empezamos a estar mejor. Y después, por último, nos metieron en un tren y nos llevaron a Alemania. Aquello fue un duro golpe, pues aún éramos vagamente optimistas. Yo pensaba que nos quedaríamos allí, en Francia, y que un buen día, cuando los alemanes se hubieran instalado nos dejarían en libertad y nos enviarían a casa. Cosa que no estaba dentro de sus cálculos, pues nos llevaron más allá de Tréveris, a un campo de prisioneros; al otro lado del campo había una carretera y, al otro lado de la carretera, un cuartel alemán. Yo seguí prisionero sin hacer nada. No hacía nada, charlaba con los prisioneros, hice algunas amistades, con los curas, con un periodista.
Permanecí en Alemania hasta el mes de marzo. Y aquí conocí de una manera extraña, pero que me marcó, a una sociedad con clases, series, gente que estaban en unos grupos, y gente que estaban en otros; una sociedad de vencidos, alimentados por un ejército que les tenía prisioneros. Y sin embargo, la sociedad entera estaba allí. No había oficiales, éramos simples soldados; yo era soldado raso, y aprendí a obedecer órdenes malintencionadas, a comprender lo que era un ejército enemigo. Como todo el mundo, mantenía relaciones con los alemanes, ya para obedecerles, ya para escuchar sus conversaciones ineptas y orgullosas; allí estuve hasta que me hice pasar por civil y me liberaron. Me llevaron en tren hasta Drancy y me metieron en unos cuarteles de guardias móviles, unos cuarteles inmensos como rascacielos. Había tres o cuatro, llenos de prisioneros; a los quince días me pusieron en libertad.
Había descubierto en cierto modo, un mundo social y había averiguado que estaba forjado por la sociedad, al menos desde cierto punto de vista; pero forjado en mi cultura, y en algunas de mis necesidades, en mi manera de vivir. Había sido reformado en cierto modo por el campo de prisioneros. Vivíamos en grupo, apiñados, nos tocábamos todo el tiempo y recuerdo haber escrito que, en mi primer día de libertad en París, quedé extrañado al ver a la gente, sentada en un café, a tales distancias. Aquello me parecía un espacio desperdiciado. Volví, pues, a Francia, con la idea de que los otros franceses no se daban cuenta de eso; de que algunos sí se daban cuenta, los que habían sido puestos en libertad, pero que no había nadie que les decidiera a resistir. Eso era lo primero que había que hacer al volver a París: crear un grupo de resistencia; reunir, poco a poco, el mayor número de gente para la resistencia y crear un movimiento de violencia que echara a los alemanes. No estaba seguro de que fuera posible, pero teníamos un 80% de posibilidades (siempre fui optimista) de lograrlo; ellos tenían un 20 %. Incluso en ese caso, pensaba que era necesario resistir, a pesar de todo, porque terminarían por cansarse, de una u otra manera; al igual que Roma, que conquistaba territorios pero terminaba perdiéndose en ellos.
El fascismo se presentaba primeramente como un anticomunismo y, por consiguiente, una de las resistencias era ser comunista, o al menos socialista. Es decir, tomar una postura absolutamente opuesta a la del nacionalsocialismo. La mejor manera de oponerse a los nazis era insistir en el deseo de una sociedad socialista. Por eso creamos el movimiento Socialismo y Libertad”.


Fuente: Conversaciones con Jean Paul Sartre. Editorial Hermes.

lunes, 29 de junio de 2015

Sartre. Su niñez. La transformación de un niño angelical de bucles hermosos en un niño feo y con estrabismo, relatado por él mismo.

Sartre era aquel niño de rubios bucles, su madre, Anne-Marie Schweitzer, habría querido que fuera mujer, así que, según nos relata el mismo Sartre en su libro autobiográfico Las Palabras, su madre, se las arregló para que tuviera el sexo de los ángeles, indeterminado pero femenino por los bordes. “Como era tierna, me enseñó la ternura; mi soledad hizo lo demás y me separó de los juegos violentos”.


Un día, cuando Sartre tenía 7 años, su abuelo, Charles Schweitzer,  ya no soportó más el aspecto angelical y casi femenino de su nieto, así que, le tomó de la mano y dijo que lo llevaba de paseo, pero apenas doblaron la esquina, lo metió en la peluquería y le dijo: “vamos a darle una sorpresa a tu madre”.  Relata Sartre que a él le encantaban las sorpresas, pues en su casa todo el tiempo las había, refiriéndose a los secretos y misterios que ya a su corta edad había detectado que se daban en su familia, así que miro con buenos ojos que sus bucles cayeran. Cuenta que al llegar a casa, hubo gritos, pero no abrazos, y que su madre se encerró en su habitación para llorar: habían cambiado a su niñita en niñito.

Dicho suceso marcará un cambio en la actitud del niño frente a sí mismo y frente a los demás. El nuevo corte a lo gargon hace patente la fealdad de Sartre y, sobre todo, pone al descubierto el defecto que su madre intentaba disimular con tanto cuidado entre los tirabuzones: Sartre tenía estrabismo. Sigue relatando Sartre: “mientras mis preciosos tirabuzones revoloteaban alrededor de mis orejas, ella había podido negar la evidencia de mi fealdad. Sin embargo, mi ojo derecho entraba ya en el crepúsculo. Tuvo que confesarse la verdad. También mi abuelo parecía desconcertado; le habían entregado su pequeña maravilla y él había devuelto un sapo.

Anne-Marie tuvo la bondad de ocultarme la causa de su pena…Mi público se volvía más difícil día tras día; tuve que afanarme; insistí sobre mis defectos y llegué a desafinar. Conocí las angustias de una actriz que envejece: supe que otros podían gustar.”
En cierto modo, fue la gota que colmó el vaso de una mala relación con su propio cuerpo a la que nunca había dejado de hacer referencia: “eso habría sido perfecto si me hubiera llevado bien con mi cuerpo”, “huía de mi cuerpo injustificable y de sus abúlicas confidencias, no me sentía a gusto con mi físico”.

Todavía durante un tiempo más persevera en las viejas estrategias egocéntricas que tan buen resultado le habían proporcionado hasta entonces, pero con la clara conciencia de estar resultando cada vez más patético. De hecho, se refiere a sí mismo en términos crecientemente crueles: «querubín ajado», «desecho», «mequetrefe», «alfeñique que no interesaba a nadie»...

Sólo con el tiempo, gracias a su destacada inteligencia, y a su amistad con Paul Nizan, y la complicidad y camaradería que surgiría entre ambos, le sería devuelta la seguridad en sí mismo, forjándose a partir de ahí una personalidad aplastante, que ya no le abandonaría en toda su vida.

Fuentes:
Las palabras, de Jean-Paul Sartre, y;

Amo, luego existo, los filósofos y el amor, de Manuel Cruz.

miércoles, 24 de junio de 2015

Los recursos económicos en común de Simone de Beauvoir y Jean Paul Sartre.

Los recursos económicos en común de Simone de Beauvoir y Jean Paul Sartre.

¿Por qué aceptar depender de los ingresos de Sartre? Ella misma nos lo explica en la “fuerza de las cosas”


Sin duda, algunos habrán criticado el que cuando su carrera como escritora estaba empezando,  ya había publicado  La invitada (1943) y Pyrrhus et Cinéas, un pequeño ensayo, ya había mandado a la editorial Gallimard su otra novela, la Sangre de los otros (1945), y tras ser liberada París, Simone dejará de trabajar dando clases, para dedicarse de lleno a escribir, la que sería su siguiente novela Todos los hombres son mortales (1946), por lo que sus necesidades económicas la satisfaría en ese momento Jean-Paul Sartre, es ella la que nos indica por qué tomó esa decisión:

Esto lo escribe en la Fuerza de las Cosas, es decir, su tercer libro de las autobiografías, y en el prólogo explica que de los dos libros anteriores ha recibido tanto elogios como críticas. Ella considera pues, en este pasaje  la necesidad de explicar el por qué su dependencia económica de Sartre en ese momento, para producir, ese era su fin, al señalar “nunca  me he dirigido según principios sino según fines”, el fin era el importante, el objetivo, crear una obra, que la harían realizarse, en la balanza pesaba más eso, tomando en cuenta además que los recursos siempre los habían compartido como ella misma lo señala, de hecho en las cartas entre Sartre y Simone, en muchas ocasiones es Sartre el que le pide dinero a Simone. Para hacer una obra, para escribir un libro, es necesario tiempo, y ella lo consumía en investigar acerca de la época en que pretendía desarrollar su próxima obra, así que no tenía caso perder tiempo en un trabajo, cuando ese tiempo tan valioso se podía invertir en cosas más productivas,  que no por cuestiones de falso orgullo iba a trabajar sólo para que no la mantuviera su pareja, ya vendrían los tiempos en que también ella aportaría, y dedicándole tiempo a su obra llegaría con más rapidez, que si trabajaba y sólo se dedicaba a escribir durante el tiempo que le quedara libre.

Consideró que era necesario explicarlo, debido a que como ella misma lo señala, había aconsejado a muchas mujeres la independencia, empezando por la económica, pero al aceptar ese acuerdo con Sartre, ella consideraba que actuaba de manera correcta, pues estaba invirtiendo su tiempo en algo productivo, que incluso de haber trabajado, se habría sentido culpable, por no dedicar esa horas a lo que se había convertido en su gran trabajo y placer: escribir, que terminarían convirtiéndose en grandes obras, para placer de nosotros, su lectores, así que, gracias Simone, por entender la importancia de tu trabajo, y dedicarle las horas que te demandaba.
Nos seguimos leyendo…

lunes, 25 de mayo de 2015

Simone de Beauvoir y Jean Paul Sartre, Jean Paul Sratre y Simone. Más allá del amor, más allá de la amistad.

¿Qué va más allá del amor?, ¿Qué va más allá de la amistad?

Sólo una pareja me sirve de ejemplo para llegar a las respuestas de ambas preguntas.
Simone de Beauvoir y Jean Paul Sartre, dos filósofos existencialistas, una pareja, amigos, amantes.

Para muchos el amor debe de ser expresado a través de un papel, y sin embargo, eso no te garantiza nada, tal vez él, tal vez ella se encuentren después de algunos años con otra persona, que los haga sentir nuevas emociones, se den cuenta que cometieron un error al casarse, o si hay hijos de por medio, tal vez decidan mejor tener a la otra persona como amante, para conservar ante la sociedad "ese matrimonio modelo". Otros matrimonios llegan a la vejez juntos, pero nunca falta, y pasa más en los hombres, que cuando llegan a la que se llama tercera edad decidan también como se dice, echar una cana al aire. A veces el hombre cree que con tener una relación con una joven le hará recuperar su juventud perdida. Vanas ilusiones, pero , sin embargo, deciden tomar la aventura, máxime que ahora la tecnología ya ayuda, pues con una pastillita azul todavía se sienten atractivos y con esa "ayudita", incapaces de quedar mal ante su joven amante, para enseñarle su "virilidad". A veces van más allá, deciden abandonar a su mujer, la madre de sus hijos, su compañera de toda la vida para irse en pos de esa juventud, pues su esposa ya no tiene la piel tersa, ya se han caído sus senos, sus manos ya no están bonitas, su cadera se ha vuelto ancha, hay kilos de más, claro, el hombre suele olvidar que el tiempo también pasa por él dejando sus estragos, máxime si toma, le sale su panza bebedora. He ahí que en todos estos casos ese papelito, ese supuesto compromiso queda quebrantado.


Pero hoy, escribiré del otro compromiso, de aquel que no requiere de un papel, de ese encuentro que se da entre dos personas y que los hace comprender, que pase lo que pase siempre estarán juntos, porque son almas gemelas.

Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir asumieron un compromiso así, de esos que no están escritos en un papel, de esos que no se quebrantan. No requirieron un papel para querer estar siempre juntos. Gozaron ambos de libertad para estar con otras personas, fue un pacto; la proposición vino por parte de Sartre, la aceptación por Simone, y tal vez, fue esa libertad que se dieron, la que les permitió siempre volver a ellos, tal vez, es la sociedad la que está equivocada y este sea el tipo de relación correcta, donde no hay desgaste, donde se puede comparar, donde se permite saber que siempre se volverá a esa persona, porque se necesita, porque se ama, porque se complementan.

Esta pareja, además,  pudieron ser lo que muy pocas, amigos. Recuerda esa famosa frase que se dice entre parejas: es que yo no puedo ser tu amigo. Pues ellos lo fueron, incluso sabían mucho el uno del otro, mucho más de lo que cualquier otra persona pudiera saber de ellos, se platicaban hasta lo relativo a las relaciones con otras personas, se pedían consejos, se contaban sus tristezas, sus dolores. 
¿hay algo más allá del amor, de la amistad? si, aquellos que pueden ser pareja, y a la vez ser amigos.