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miércoles, 10 de mayo de 2017

Sartre y su padre.

Jean-Paul Sartre nos refiere algunas cuestiones acerca de su padre Jean-Baptiste Sartre, un oficial naval, en su libro, las palabras:
"En  1904,  en  Cherbutgo,  siendo ya  oficial  de  marina  y  devorado  por  las  fiebres  de  Cochinchina,  conoció a  Anne-Marie Schweitzer,  se  apoderó  de  esta  mujerona enamorada,  se  casó  con  ella,  le  hizo  un  hijo  al galope, a  mí,  y  trató  de  refugiarse  en  la  muerte. 
La  muerte  de  Jean- Baptiste  fue  el  gran  acontecimiento  de  mi  vida:  hizo  que  mi  madre volviera  a  sus  cadenas y  a    me  dio  la  libertad... No  existe  el  buen  padre,  es  la  regla:  no  cabe  reprochárselo  a  los  hombres,  sino  al  lazo  de paternidad,  que está  podrido.  Hacer  hijos  está  muy  bien,  pero  ¡qué  iniquidad  es  tenerlos!

Si  hubiera  vivido,  mi  padre  se  habría echado  encima  de    con  todo  su  peso  y  mehabría aplastado...
Dejé  detrás  de    a  un  joven  muerto  que  no  tuvo  el  tiempo  de  ser  mi  padre  y  que  hoy podría  ser  mi  hijo.  ¿Fue un  mal  o  un  bien?  No  sé;  pero  suscribo 
gustosamente el veredicto de  un  eminente  psicoanalista:  no  tengo  superyó.

Morir  no  basta:  hay  que  hacerlo  a  tiempo. 
Mi  padre  había  tenido  la  galantería  de  morir  culpablemente;  mi  abuela  no  hacía  
más que repetir  que  se había  sustraído  a  sus  obligaciones;  mi  abuelo,  justamente  
orgulloso  de  la longevidad  de  los  Schweitzer,  no  admitía  que  se  pudiese  
desaparecer  los  treinta  años;  en vista  de  lo  sospechosa  que  era  esa  muerte,  llegó a  dudar de  que  su  yerno  hubiera  existido alguna  vez,  y  al  final lo  olvidó.  Yo  ni  siquiera  tuve  que  olvidarlo;  al  despedirse  a  la francesa,  Jean-Baptiste  me  había  negado  el placer  de  conocerlo.  Aún  hoy  me  extraña  lo  poco que sé  sobre  él.  
Sin  embargo,  amó,  quiso  vivir,  se  vio  morir;  eso  basta  para  hacer  a  todo  un 
hombre.
Pero nadie en  mi  familia  supo  infundirme  curiosidad  por  ese  hombre...nadie  recuerda  si  me  quiso,  si  me tuvo  en  brazos,  si  volvió  hacia  su  hijo  sus  ojos  claros,
hoy  comidos.  Son  penas  de  amor  perdidas...ese padre ni  siquiera  es  una  sombra,  ni  siquiera una  mirada.  Durante  algún  tiempo,  hemos  
pisado  él  y  yo  sobre  la  misma tierra;  eso  es  todo"...



lunes, 29 de junio de 2015

Sartre. Su niñez. La transformación de un niño angelical de bucles hermosos en un niño feo y con estrabismo, relatado por él mismo.

Sartre era aquel niño de rubios bucles, su madre, Anne-Marie Schweitzer, habría querido que fuera mujer, así que, según nos relata el mismo Sartre en su libro autobiográfico Las Palabras, su madre, se las arregló para que tuviera el sexo de los ángeles, indeterminado pero femenino por los bordes. “Como era tierna, me enseñó la ternura; mi soledad hizo lo demás y me separó de los juegos violentos”.


Un día, cuando Sartre tenía 7 años, su abuelo, Charles Schweitzer,  ya no soportó más el aspecto angelical y casi femenino de su nieto, así que, le tomó de la mano y dijo que lo llevaba de paseo, pero apenas doblaron la esquina, lo metió en la peluquería y le dijo: “vamos a darle una sorpresa a tu madre”.  Relata Sartre que a él le encantaban las sorpresas, pues en su casa todo el tiempo las había, refiriéndose a los secretos y misterios que ya a su corta edad había detectado que se daban en su familia, así que miro con buenos ojos que sus bucles cayeran. Cuenta que al llegar a casa, hubo gritos, pero no abrazos, y que su madre se encerró en su habitación para llorar: habían cambiado a su niñita en niñito.

Dicho suceso marcará un cambio en la actitud del niño frente a sí mismo y frente a los demás. El nuevo corte a lo gargon hace patente la fealdad de Sartre y, sobre todo, pone al descubierto el defecto que su madre intentaba disimular con tanto cuidado entre los tirabuzones: Sartre tenía estrabismo. Sigue relatando Sartre: “mientras mis preciosos tirabuzones revoloteaban alrededor de mis orejas, ella había podido negar la evidencia de mi fealdad. Sin embargo, mi ojo derecho entraba ya en el crepúsculo. Tuvo que confesarse la verdad. También mi abuelo parecía desconcertado; le habían entregado su pequeña maravilla y él había devuelto un sapo.

Anne-Marie tuvo la bondad de ocultarme la causa de su pena…Mi público se volvía más difícil día tras día; tuve que afanarme; insistí sobre mis defectos y llegué a desafinar. Conocí las angustias de una actriz que envejece: supe que otros podían gustar.”
En cierto modo, fue la gota que colmó el vaso de una mala relación con su propio cuerpo a la que nunca había dejado de hacer referencia: “eso habría sido perfecto si me hubiera llevado bien con mi cuerpo”, “huía de mi cuerpo injustificable y de sus abúlicas confidencias, no me sentía a gusto con mi físico”.

Todavía durante un tiempo más persevera en las viejas estrategias egocéntricas que tan buen resultado le habían proporcionado hasta entonces, pero con la clara conciencia de estar resultando cada vez más patético. De hecho, se refiere a sí mismo en términos crecientemente crueles: «querubín ajado», «desecho», «mequetrefe», «alfeñique que no interesaba a nadie»...

Sólo con el tiempo, gracias a su destacada inteligencia, y a su amistad con Paul Nizan, y la complicidad y camaradería que surgiría entre ambos, le sería devuelta la seguridad en sí mismo, forjándose a partir de ahí una personalidad aplastante, que ya no le abandonaría en toda su vida.

Fuentes:
Las palabras, de Jean-Paul Sartre, y;

Amo, luego existo, los filósofos y el amor, de Manuel Cruz.