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viernes, 10 de julio de 2015

Simone de Beauvoir y su tremenda caída de la bicicleta, la pérdida de su diente y el extraño lugar donde lo encontró.

Simone de Beauvoir y su tremenda caída de la bicicleta, la pérdida de su diente y el extraño lugar donde lo encontró.



Con la Bicicleta, su compañera en los viajes por Francia.


A Simone de Beauvoir le gustaba mucho viajar, conocer distintos lugares, no sólo de Francia, sino de otros países, así, y conforme fueron aumentando sus ingresos se dio el gusto de viajar por lugares tan diferentes como Japón, México, Guatemala, Marruecos, Portugal, Egipto, Estados Unidos, etc., pero cuando era joven y sus ingresos todavía no eran muy elevados, entonces igual disfrutaba de los viajes, en bicicleta, la acompañaban a veces diferentes amistades, pocos le seguían el paso, a veces iba con su amigo Bost, otras con su compañero de vida, Sartre, a veces viajaban incluso a pie. En una ocasión, Sartre no le aguantó el paso, y ello no era obstáculo para Simone, pues ella se iba sola a recorrer, a conocer los lugares, a disfrutar de la naturaleza al aire libre; es en su libro “La Plenitud de la vida” donde nos relata de esos viajes, y lo hace de una manera tan amena y descriptiva, que verdaderamente uno se imagina acompañándola por esos lugares, atravesando ciudades hermosas de esa Francia de finales de los años 30´s y principios de los 40´s. Esos años previos y durante la Segunda Guerra Mundial, en la que Francia sufriría la invasión de su territorio por tropas alemanas. 

En una de esas anécdotas de sus viajes en bicicleta, Simone nos relata una especialmente chistosa, pero dejemos que sea ella misma la que se los refiera:

“Desde Niza subimos a la ruta de los Alpes y pasamos por el puerto de los Allos. Una hermosa mañana soleada emprendimos la etapa que debía conducirnos a Grenoble, a casa de Colette Audry. Almorzamos en lo alto de una garganta y tomé vino blanco: no mucho, pero aquel sol a plomo era suficiente para que el alcohol se me subiera levemente a la cabeza. Empezamos a bajar la pendiente; Sartre iba a unos veinte metros delante de mi; de pronto, encontré a dos ciclistas que ocupaban como yo el centro del camino más bien tirando hacia su izquierda; para cruzarlos me corrí hacia el lado donde el terreno estaba libre, mientras ellos se apresuraban a tomar su derecha; me encontré de narices con ellos; mis frenos respondían apenas, imposible detenerme; pasé aún más a la izquierda y patiné sobre el pedregullo del costado a pocos centímetros del precipicio. Pensé en un relámpago: "¡Y sí! ¡Hay que cruzar a la derecha!". Y luego: "¿Es esto la muerte?" Y morí...



Cuando abrí los ojos, estaba de pie, Sartre me sostenía de un brazo; lo reconocía, pero todo estaba oscuro en mi cabeza. Subimos hasta una casa donde me dieron un vaso de aguardiente, alguien me limpió la cara, mientras Sartre trepaba en su bicicleta para ir a buscar a un médico que se negó a venir. Cuando Sartre regresó, yo había recobrado un poco mi lucidez; recordaba que estábamos de viaje, que íbamos a ir a ver a Colette Audry. Sartre sugirió que volviéramos a montar sobre nuestras bicicletas: no habría que cubrir más que unos quince kilómetros en bajada. Pero me parecía que todas las células de mi cuerpo se entrechocaban; ni siquiera imaginaba volver a pedalear.

Tomamos un trencito a cremallera. La gente alrededor me miraba fijamente con aire asustado. Cuando llamé a la puerta de Colette Audry, lanzó un gritito sin reconocerme. Me mire en el espejo; había perdido un diente, uno de mis ojos estaba cerrado; mi rostro había doblado de volumen y la piel estaba arañada; me resultó imposible hacer pasar una uva sobre mis labios entumecidos. Me acosté sin comer, esperando apenas recobrar una cara normal.


Se asustaban o se reían al verla, e incluso le echaban la culpa a Sartre de su apariencia, creían que él la había golpeado.

Estaba tan atroz al día siguiente como la víspera; encontré valor para subir a mi bicicleta; era domingo, había un gran número de ciclistas sobre la ruta Chambéry y la mayoría de los que me cruzaban silbaban de asombro o reían con estrépito. En los días siguientes cada vez que entraba en una tienda, todos los rostros se volvían hacia mí. Una mujer preguntó con aire ansioso: “¿Es…un accidente?” Lamenté mucho no haberle contestado: “No, es de nacimiento”. Una tarde, yo me había adelantado a Sartre y  esperaba en una encrucijada. Un hombre me interpeló riendo:  “¡Y lo esperas después de lo que te ha hecho!”

Transcurrieron algunas semanas, Simone continúa narrando:
Poco a poco mi rostro se había deshinchado, mis rasguños se habían cicatrizado, pero no me di el trabajo de remplazar el diente que había perdido en la ruta de Grenoble. Tenía en la barbilla un forúnculo bastante feo que no terminaba de madurar y que supuraba ligeramente: no lo cuidé. Una mañana, sin embargo, me fastidió: me planté ante el espejo, lo apreté y algo blancuzco apareció; apreté más fuerte y durante una fracción de segundo me pareció vivir una de las pesadillas surrealistas donde pronto los ojos florecen en medio de una mejilla: un diente hendía mi carne: el que se había roto en mi caída; se había quedado incrustado allí durante semanas; cuando conté esas historias a mis amigos, se rieron inmoderadamente.
Me preocupaba muy poco de mi apariencia, porque además veía a muy poca gente”.


Simone, no se preocupó por ponerse el diente pronto, ella misma lo relata. Tal vez por ello, en la mayoría de las fotos de esa época no suele sonreír mucho. Sin embargo, en esta foto se alcanza apreciar la falta del diente.

                            Ella, en París, 1946.






miércoles, 24 de junio de 2015

Los recursos económicos en común de Simone de Beauvoir y Jean Paul Sartre.

Los recursos económicos en común de Simone de Beauvoir y Jean Paul Sartre.

¿Por qué aceptar depender de los ingresos de Sartre? Ella misma nos lo explica en la “fuerza de las cosas”


Sin duda, algunos habrán criticado el que cuando su carrera como escritora estaba empezando,  ya había publicado  La invitada (1943) y Pyrrhus et Cinéas, un pequeño ensayo, ya había mandado a la editorial Gallimard su otra novela, la Sangre de los otros (1945), y tras ser liberada París, Simone dejará de trabajar dando clases, para dedicarse de lleno a escribir, la que sería su siguiente novela Todos los hombres son mortales (1946), por lo que sus necesidades económicas la satisfaría en ese momento Jean-Paul Sartre, es ella la que nos indica por qué tomó esa decisión:

Esto lo escribe en la Fuerza de las Cosas, es decir, su tercer libro de las autobiografías, y en el prólogo explica que de los dos libros anteriores ha recibido tanto elogios como críticas. Ella considera pues, en este pasaje  la necesidad de explicar el por qué su dependencia económica de Sartre en ese momento, para producir, ese era su fin, al señalar “nunca  me he dirigido según principios sino según fines”, el fin era el importante, el objetivo, crear una obra, que la harían realizarse, en la balanza pesaba más eso, tomando en cuenta además que los recursos siempre los habían compartido como ella misma lo señala, de hecho en las cartas entre Sartre y Simone, en muchas ocasiones es Sartre el que le pide dinero a Simone. Para hacer una obra, para escribir un libro, es necesario tiempo, y ella lo consumía en investigar acerca de la época en que pretendía desarrollar su próxima obra, así que no tenía caso perder tiempo en un trabajo, cuando ese tiempo tan valioso se podía invertir en cosas más productivas,  que no por cuestiones de falso orgullo iba a trabajar sólo para que no la mantuviera su pareja, ya vendrían los tiempos en que también ella aportaría, y dedicándole tiempo a su obra llegaría con más rapidez, que si trabajaba y sólo se dedicaba a escribir durante el tiempo que le quedara libre.

Consideró que era necesario explicarlo, debido a que como ella misma lo señala, había aconsejado a muchas mujeres la independencia, empezando por la económica, pero al aceptar ese acuerdo con Sartre, ella consideraba que actuaba de manera correcta, pues estaba invirtiendo su tiempo en algo productivo, que incluso de haber trabajado, se habría sentido culpable, por no dedicar esa horas a lo que se había convertido en su gran trabajo y placer: escribir, que terminarían convirtiéndose en grandes obras, para placer de nosotros, su lectores, así que, gracias Simone, por entender la importancia de tu trabajo, y dedicarle las horas que te demandaba.
Nos seguimos leyendo…