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lunes, 1 de julio de 2019

Las criticas a "La Mujer Rota" de Simone de Beauvoir.

Simone de Beauvoir y su hermana, 

Hélène de Beauvoir.

"Desde  hacía mucho tiempo que deseabámos, mi hermana y yo, que ella ilustrara un  inédito mío, nunca habíamos dado con uno suficientemente breve. El relato que da su nombre al libro, La mujer rota, tenía las dimensiones requeridas y le inspiró grabados muy hermosos. Quise que el público conociera la existencia de ese volumen, de tirada restringida, firmado con el nombre de ambas, por lo que permití que mi texto apareciera por entregas en Elle, acompañado de los dibujos de mi hermana.

Me vi inundada de inmediato de cartas de mujeres separadas, semiseparadas o en trámites de separación. Identificándose con la heroína, le atribuían todas las virtudes y se asombraban de que siguiera ligada a un hombre indigno; su parcialidad indicaba que en relación con su marido, con su rival, con ellas mismas, compartían la ceguera de Monique. Sus reacciones reposaban sobre un enorme contrasentido.
Otros muchos lectores dándole al relato la misma interpretación simplista, lo declararon insignificante. La mayoría de los críticos probaron con sus reseñas que lo habían leído muy mal. Con la primera entrega de Elle, Bernarde Pivot, se apresuró a declarar en Le Figaro litté-raire que, dado que La mujer rota aparecía en una revista femenina, se trataba de una novela para modistillas, una novela rosa. La expresión fue retomada en numerosos artículos, cuando lo cierto es que nunca escribí nada más sombrío que esta historia: toda la segunda parte es un grito de angustia y la pulverización final de la heroína es más lúgubre que una muerte.
El aturdimiento de mis censores no me asombró, pero no entendí por qué este librito desencadenó tanto odio. Defendiéndolo contra Pivot durante un debate literario retransmitido por radio, Claire Etcherelli estuvo a punto de retirarse. "Lo que usted hace no tiene nada que ver con la critica literaria", le dijo, con una voz temblorosa de indignación; él provocaba la risa de los asistentes con bromas groseras.
Kanters me atacó con virulencia durante una discusión con Pierre-Henri Simón: éste objetó dulzonamente que a partir de Una muerte muy dulce yo ya no pretendía hacer literarura. Uno de mis detractores declaró en la radio: "Lamento haber escrito este artículo después de haber visto a Simone de Beuavoir en la calle Rennes, los brazos colgando, hosca, marchita. Hay que tener piedad de los ancianos. Por eso Gallimard continúa publicándole". Un minuto después, sin registrar la contradicción, cambiaba con su compadre guiños  astutos: "Su novela es un best seller. Pues sí, es un best seller". Mi editor, entonces, no había hecho un mal negocio. Aun sabiendo lo mucho que Mathieu Galey detesta a las mujeres, su grosería me desconcertó: "¡Pues sí, señora, es triste envejecer!", escribió en su crónica. Muchos deploraron que esta última obra fuese tan indigna de Los mandarines y El Segundo Sexo. ¡Qué hipocresía! En su momento maltrataron a la primera y arrastraron por el lodo a la segunda. Es justamente a causa de las posiciones que en ellas tomé que todavía hoy me detestan tanto.
Con muy raras excepciones el juicio de los críticos me es indiferente: sólo me fío de algunos amigos exigentes. Pero lamento que por su malevolencia una parte del público no haya tenido ganas de leerme y que otra haya abordado mi novela con prevenciones. Hay mujeres a las cuales mis ideas perturban, y que se apresuraron a creer lo que se decía de mí, aprovechando para sentirse superiores. "Esperó a tener sesenta años para descubrir lo que sabe cualquier mujercita" dijo una de ellas, sin que yo haya sabido a qué descubrimiento hacía alusión. Me ha afectado más la reacción de algunas luchadoras feministas, decepcionadas porque mis relatos no tenían nada de militantes. "Nos ha traicionado", opinaron, en cartas de reproche. Nada impide derivar una conclusión feminista de La mujer rota; su desdicha proviene de la dependencia que ha tolerado. Pero además, no me siento obligada a elegir heroínas ejemplares. Describir el fracaso, el error, la mala fe, no implica, creo, traicionar a nadie.
En un reportaje en televisión a propósito de una de sus exposiciones, el interlocutor le preguntó a mi hermana: "¿por qué eligió ilustrar ese libro, el más mediocre de los que ella ha escrito?" Mi hermana lo defendió con calor, agregando: "Hay dos categorías de seres a los que les gusta: los seres simples, a los que el drama de Monique conmueve; los intelectuales que captan las intenciones del libro. No gustan de él los semiintenlectuales, no lo bastante sutiles como para entenderlo, demasiado pretenciosos como para leerlo con ojos ingenuos". No creo que esto sea totalmente cierto. Se pudo percibir mis intenciones y deducir un fracaso. Pero el hecho es que he estado sostenida por la gente que más estimo y que los que me atacaron nunca me dieron una razón válida.
Como para las Bellas imágenes, una de las objeciones fue: "No es Simone de Beauvoir; no es el mundo de Simone de Beauvoir, habla de seres que no nos interesan". Sin embargo, muchos lectores pretenden encontrarme en todos mis personajes femeninos. La Laurence de Las bellas imágenes, disgustada de la vida hasta la anorexia, sería yo. La universitaria colérica de La edad de la discreción, sería yo. "Todos lo piensan" (me dijo una amiga). Eres tú, Sartre y la madre de Sartre. Para el hijo, se duda entre varios nombres". La mujer rota, por supuesto, solo podía ser yo. "Para escribir esta historia es necesario haber pasado por esto. Entonces, en sus memorias no ha contado todo", dijeron algunos. Otros fueron más lejos. Una corresponsal me preguntó si era cierto que, como pretendía la presidenta de un club literario, Sartre había roto conmigo. Mi amiga Stépha observó a sus interlocutores que yo no tenía cuarenta años, que yo no había tenido hijas, y que mi vida no se parecía en nada a la de Monique; quedaron convencidos. "Pero (dijo un impaciente), ¿por qué trata de que todas sus novelas, tengan un aire autobiongráfico? "Tan solo trata de que suenen verdaderas", les dijo Stépha".
Tomado de "Final de cuentas", páginas 124-126.

lunes, 24 de junio de 2019

Sartre y la libertad.


Un día, durante la ocupación, decía Sartre, un antiguo alumno suyo había ido a verle y a pedirle consejo. El hermano del joven había muerto en combate en 1940, antes de la rendición de Francia; luego su padre se había convertido en colaborador y había abandonado a la familia. El joven era el único apoyo y la única compañía de su madre. Pero lo que ansiaba hacer era escabullirse y pasar la frontera por España o por Inglaterra para unirse a las fuerzas de la Francia libre en el exilio y luchar contra los nazis... por fin vería combates encarnizados y tendría la oportunidad de vengar a su hermano, desafiar a su padre y ayudar a liberar su país. El problema era que dejaría a su madre sola y en peligro, en un momento en que era difícil incluso llevar algo de comida a la mesa. Y también le causaría problemas con los alemanes. De modo que... ¿debía hacer lo correcto con su madre, beneficiándola claramente a ella sola, o debía aprovechar la oportunidad de unirse a la lucha y hacer algo bueno por muchas personas?


Los filósofos todavía siguen metiéndose en líos al intentar responder a interrogantes éticos. El enigma de Sartre tenía algo en común con un famoso experimento de pensamiento, el «problema de la vagoneta». Este plantea que tú ves un tren a toda velocidad o una vagoneta corriendo por una vía sobre la cual, un poco más adelante, están atadas cinco personas. Si no haces nada, las cinco personas morirán... pero te das cuenta de que hay una palanca de la que podrías tirar para desviar el tren hacia una vía lateral. Si lo haces, sin embargo, matarás a una persona, que está atada en esa parte de la vía, y que estaría a salvo de no ser por tu acción. Así que: ¿causas la muerte de esa única persona o no haces nada y permites que mueran cinco? (Hay una variante, el problema del «hombre gordo»: solo se puede descarrilar el tren arrojando a un individuo obeso a las vías desde un puente cercano. Esta vez debes poner físicamente las manos en la persona a la que vas a matar, cosa que hace el dilema mucho más visceral y difícil.) La decisión del alumno de Sartre podría verse como una decisión similar al «problema de la vagoneta», pero más complicada aún por el hecho de que no podía estar seguro de que yendo a Inglaterra ayudase realmente a nadie, ni tampoco de que dejar a su madre le hiciera sufrir a ella algún daño grave...
Sartre escuchó su problema y dijo sencillamente: «Eres libre, por tanto, elige... es decir, inventa». No hay nada seguro en este mundo, le dijo. Ninguna de las antiguas autoridades puede aliviarte del peso de la libertad (el joven ya había pensado en buscar consejo en un sacerdote, un filósofo o escuchar su voz interior, antes de dirigirse a su antiguo profesor). Puedes sopesar consideraciones morales o prácticas con todo el cuidado que quieras, pero al final debes arriesgarte y hacer algo, y solo depende de ti lo que sea.
Sartre no nos dice si el estudiante encontró útil todo aquello, ni tampoco qué decidió hacer al final. No sabemos ni siquiera si existió de verdad, o si fue en realidad una amalgama de diversos amigos jóvenes o incluso una invención. Pero lo que Sartre quería que entendiera el público (esto lo comentó en una conferencia para el "club Maintenant", y después sería descrito en El existencialismo es un humanismo) es que cada uno de ellos era tan libre como el alumno, aunque su situación fuera menos dramática...aunque la situación sea insoportable (quizá te enfrentes a la ejecución, o estés confinado en una prisión de la Gestapo, o a punto de caer por un acantilado), sigues siendo libre de decidir qué hacer, en mente y en acto. A partir del lugar donde estás, puedes elegir. Y al elegir, también eliges quién serás.
Si esto suena difícil e incómodo es porque lo es. Sartre no niega que la necesidad de seguir tomando decisiones nos provoca una ansiedad constante. Él aumenta aún más esa ansiedad señalando que lo que haces sí que importa realmente...“Si evitas esa responsabilidad engañándote a ti mismo como si fueras la víctima de las circunstancias o del mal consejo de alguien, no estás consiguiendo hacerte cargo de las exigencias de la vida humana y eliges una existencia falsa, apartada de tu propia «autenticidad».
Junto con el lado terrorífico de todo esto viene una gran promesa: el existencialismo de Sartre implica que es posible ser auténtico y libre mientras sigas haciendo el esfuerzo. Es emocionante y terrorífico a la vez, y por los mismos motivos. Como resumió Sartre en una entrevista, poco después de la conferencia: 

“No hay camino marcado que conduzca al hombre a su salvación; este debe inventar constantemente su propio camino. Pero para inventarlo es libre, responsable, no tiene excusas, y en él reside toda esperanza.”


Referencia:

En el café de los existencialistas. Sarah Bakewell.

martes, 11 de julio de 2017

El pacto de la relación entre Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre: amores contingentes.



Simone de Beauvoir nos relata en su libro, "la plenitud de la vida":

 
Imagen de la película "los amantes del café de Flore".
"Una tarde habíamos ido con los Nizan a ver en los Campos Elíseos "Tempestad sobre Asia", y después de habernos despedido caminamos hacia los jardines del Carrousel. Nos sentamos sobre un banco de piedra junto a una de las alas del Louvre; había en vez de respaldo una balaustrada, separada de la pared por un estrecho espacio: en esa jaula maullaba un gato (¿cómo se había metido?), era demasiado grande para salir. La tarde caía y se acercó una mujer con una bolsa de papel en la mano; sacó algunas sobras de comida y empezó a acariciar al gato acariciándolo tiernamente. En ese momento Sartre me propuso: "Firmemos un contrato de dos años". Yo podía arreglármelas para quedarme en París durante esos dos años y los pasaríamos en una intimidad lo más estrecha posible. Después, me aconsejaba que pidiera yo también un puesto en el exterior. Estaríamos separados durante dos o tres años y luego nos encontraríamos en algún lugar del mundo, en Atenas, por ejemplo, para reanudar durante un tiempo más o menos largo una vida más o menos común. Nunca seríamos un extraño el uno para el otro, nunca el uno recurriría en vano al otro y nada sería más fuerte que esa alianza; pero no tenía que degenerar ni en obligación ni en costumbre. Acepté. La separación que encaraba Sartre no dejaba de asustarme; pero se diluía en la lejanía y yo me había propuesto no entorpecerme con preocupaciones prematuras; en la medida en que a pesar de todo el miedo que me acosaba, lo consideraba una debilidad y me esforzaba por aminorarlo; lo que me ayudaba es que ya había probado la solidez de las palabras de Sartre. Con él un proyecto no era un parloteo incierto, sino un momento de realidad. Si un día me decía “cita de aquí a 22 meses a las 17 horas sobre la Acrópolis”, estaba segura de encontrarlo en lo alto de la Acrópolis a las 17 horas exactamente, 22 meses más tarde. De una manera más general yo sabía que ninguna desdicha me vendría de él, a menos que muriera antes que yo.


Las libertades que nos habíamos teóricamente concedido, no se trataba de usarlas mientras duraba ese “contrato”; entendíamos entregarnos sin reticencias y sin compartirnos a la novedad de nuestra historia. Hicimos un pacto: no solamente ninguno de los dos le mentiría al otro sino que nunca le disimularía nada. Los “pequeños camaradas” sentían una repugnancia por lo que llamaban “la vida interior”; en esos jardines donde las almas de calidad cultivan secretos delicados ellos veían pantanos hediondos; allí tienen lugar en silencio todos los tráficos de la mala fe, allí se saborean las delicias estancadas del narcisismo. Para disipar esas sombras y esas miasmas tenían la costumbre de exponer a la luz del día, sus vidas, sus pensamientos, sus sentimientos. Lo que limitaba esa publicidad es que no eran curiosos: al hablar demasiado de sí mismo cada quien habría aburrido a los demás. Pero entre Sartre y yo esa restricción no funcionaba: por lo tanto, quedó convenido que nos diríamos todo. Yo estaba habituada al silencio y al principio esa regla me molestó. Pero en seguida comprendí sus ventajas; ya no tenía que inquietarme de mí: una mirada por cierto indulgente, pero más imparcial que la mía, me devolvía de cada uno de mis movimientos, una mirada que yo consideraba objetiva; esa vigilancia me defendía de los temores, las falsas esperanzas, los escrúpulos vanos, las fantasmagorías, los pequeños delirios que se forman tan fácilmente en la soledad. Poco me importaba que ésta ya no existiera para mí; por el contrario, estaba loca de alegría de haberle escapado. Sartre me resultaba tan transparente como yo misma: ¡qué tranquilidad! Llegué a abusar de ella: puesto que no me ocultaba nada me creí dispensada de hacerme la menor pregunta sobre él: me di cuenta más tarde, en dos o tres oportunidades, de que era una solución perezosa. Pero si bien me reprochaba haber carecido de vigilancia no incriminaba al estatuto que habíamos adoptado y del que nunca nos apartamos: ningún otro nos habría convenido…
En fin, ninguna máxima intemporal impone a todas las parejas una perfecta translucidez: corresponde a los interesados decidir qué tipo de acuerdo desean alcanzar; no tienen ni derechos ni deberes a priori. En mi juventud yo afirmaba lo contrario: estaba entonces demasiado inclinada a pensar que lo que valía para mi valía para todos.
Hoy, en cambio, me irrito cuando terceras personas aprueban o critican las relaciones que hemos construido sin tener en cuenta la particularidad que les explica y las justifica: esos signos gemelos sobre nuestra frente. La fraternidad que soldaba nuestras vidas hacía superfluos e irrisorios todos los lazos que hubiéramos podido forjarnos. ¿Para qué, por ejemplo, vivir bajo un mismo techo cuando el mundo era nuestra propiedad común? Y ¿por qué temer poner entre nosotros distancias que nunca podían separarnos? Un solo proyecto nos animaba: abrazarlo todo y testimoniar de todo; él nos mandaba que siguiéramos en caso de necesidad caminos divergentes sin ocultarnos el uno al otro ni el menor de nuestros hallazgos; juntos nos plegábamos a sus existencias, a tal punto que en el mismo momento en que nos dividíamos, nuestras voluntades se confundían. Lo que nos ligaba era lo que nos desligaba y por esa libertad nos encontrábamos ligados en lo más profundo de nosotros mismos
Conocer con alguien un entendimiento total es en todo caso un enorme privilegio: para mi tenía un precio literalmente infinito. En el fondo de mi memoria brillaban con una dulzura sin igual las horas en que me refugiaba con Zaza en el escritorio del señor Mabille y conversábamos. También había sentido profundas alegrías cuando mi padre me sonreía y yo me decía que, en cierto modo, ese hombre superior a todos los demás me pertenecía. Mis sueños de adolescente proyectaron en el porvenir esos supremos momentos de mi infancia; no eran sueños huecos; poseían en mí una realidad y por eso su cumplimiento no me parece milagroso. Por supuesto, las circunstancias me ayudaron; hubiera podido no encontrar con nadie un acuerdo perfecto. Pero cuando mi oportunidad me fue dada, si me aproveché de ella con tanto entusiasmo y empeño es porque respondía a un llamado muy antiguo. Sartre sólo tenía tres años más que yo; era como Zaza, un igual; juntos partíamos a descubrir el mundo. Sin embargo, yo confiaba tan totalmente en él, que me garantizaba, como antaño mis padres, como Dios, una seguridad definitiva. En el momento en que me arrojaba en la libertad encontraba sobre mi cabeza un cielo sin fallas; escapaba a todas las trabas y sin embargo cada uno de mis instantes poseía una especie de necesidad. Todos mis deseos, los más lejanos, los más profundos estaban colmados; no me quedaba nada que desear sino que esa beatitud triunfal nunca se debilitara. Su violencia lo arrastraba todo; hasta la muerte de Zaza se esfumó. Por cierto, sollocé, me desgarré, me sublevé; pero fue más tarde, insidiosamente, cuando la pena hizo su camino en mí. Ese otoño mi pasado dormía, yo pertenecía entera al presente.”
Fuente: De Beauvoir Simone (1970). La plenitud de la vida. Editorial Sudámericana.