Simone de Beauvoir y su tremenda caída de la bicicleta, la pérdida de su diente y el extraño lugar donde lo encontró.
Con la Bicicleta, su compañera en los viajes por Francia.
A Simone de Beauvoir le gustaba
mucho viajar, conocer distintos lugares, no sólo de Francia, sino de otros
países, así, y conforme fueron aumentando sus ingresos se dio el gusto de
viajar por lugares tan diferentes como Japón, México, Guatemala, Marruecos,
Portugal, Egipto, Estados Unidos, etc., pero cuando era joven y sus ingresos todavía
no eran muy elevados, entonces igual disfrutaba de los viajes, en bicicleta, la
acompañaban a veces diferentes amistades, pocos le seguían el paso, a veces iba
con su amigo Bost, otras con su compañero de vida, Sartre, a veces viajaban incluso a
pie. En una ocasión, Sartre no le aguantó el paso, y ello no era obstáculo para
Simone, pues ella se iba sola a recorrer, a conocer los lugares, a
disfrutar de la naturaleza al aire libre; es en su libro “La Plenitud de la
vida” donde nos relata de esos viajes, y lo hace de una manera tan amena y
descriptiva, que verdaderamente uno se imagina acompañándola por esos lugares,
atravesando ciudades hermosas de esa Francia de finales de los años 30´s y
principios de los 40´s. Esos años previos y durante la Segunda Guerra Mundial, en la
que Francia sufriría la invasión de su territorio por tropas alemanas.
En una de esas anécdotas de sus viajes en bicicleta, Simone nos relata una especialmente chistosa, pero dejemos que sea ella misma la que se los refiera:
En una de esas anécdotas de sus viajes en bicicleta, Simone nos relata una especialmente chistosa, pero dejemos que sea ella misma la que se los refiera:
“Desde Niza subimos a la ruta de
los Alpes y pasamos por el puerto de los Allos. Una hermosa mañana soleada
emprendimos la etapa que debía conducirnos a Grenoble, a casa de Colette Audry.
Almorzamos en lo alto de una garganta y tomé vino blanco: no mucho, pero aquel
sol a plomo era suficiente para que el alcohol se me subiera levemente a la
cabeza. Empezamos a bajar la pendiente; Sartre iba a unos veinte metros delante
de mi; de pronto, encontré a dos ciclistas que ocupaban como yo el centro del
camino más bien tirando hacia su izquierda; para cruzarlos me corrí hacia el
lado donde el terreno estaba libre, mientras ellos se apresuraban a tomar su
derecha; me encontré de narices con ellos; mis frenos respondían apenas,
imposible detenerme; pasé aún más a la izquierda y patiné sobre el pedregullo
del costado a pocos centímetros del precipicio. Pensé en un relámpago: "¡Y
sí! ¡Hay que cruzar a la derecha!". Y luego: "¿Es esto la
muerte?" Y morí...
Cuando abrí los ojos, estaba de pie, Sartre me sostenía
de un brazo; lo reconocía, pero todo estaba oscuro en mi cabeza. Subimos hasta
una casa donde me dieron un vaso de aguardiente, alguien me limpió la cara,
mientras Sartre trepaba en su bicicleta para ir a buscar a un médico que se
negó a venir. Cuando Sartre regresó, yo había recobrado un poco mi lucidez;
recordaba que estábamos de viaje, que íbamos a ir a ver a Colette Audry. Sartre
sugirió que volviéramos a montar sobre nuestras bicicletas: no habría que
cubrir más que unos quince kilómetros en bajada. Pero me parecía que todas las
células de mi cuerpo se entrechocaban; ni siquiera imaginaba volver a pedalear.
Tomamos un trencito a cremallera.
La gente alrededor me miraba fijamente
con aire asustado. Cuando llamé a la puerta de Colette Audry, lanzó un gritito
sin reconocerme. Me mire en el espejo; había perdido un diente, uno de mis ojos
estaba cerrado; mi rostro había doblado de volumen y la piel estaba arañada; me
resultó imposible hacer pasar una uva sobre mis labios entumecidos. Me acosté
sin comer, esperando apenas recobrar una cara normal.
Se asustaban o se reían al verla, e incluso le echaban la culpa a Sartre de su apariencia, creían que él la había golpeado.
Estaba tan atroz al día siguiente
como la víspera; encontré valor para subir a mi bicicleta; era domingo, había
un gran número de ciclistas sobre la ruta Chambéry y la mayoría de los que me
cruzaban silbaban de asombro o reían con estrépito. En los días siguientes cada
vez que entraba en una tienda, todos los rostros se volvían hacia mí. Una mujer
preguntó con aire ansioso: “¿Es…un accidente?” Lamenté mucho no haberle
contestado: “No, es de nacimiento”. Una tarde, yo me había adelantado a Sartre
y esperaba en una encrucijada. Un hombre
me interpeló riendo: “¡Y lo esperas
después de lo que te ha hecho!”
Transcurrieron algunas semanas,
Simone continúa narrando:
Poco a poco mi rostro se había
deshinchado, mis rasguños se habían cicatrizado, pero no me di el trabajo de
remplazar el diente que había perdido en la ruta de Grenoble. Tenía en la
barbilla un forúnculo bastante feo que no terminaba de madurar y que supuraba
ligeramente: no lo cuidé. Una mañana, sin embargo, me fastidió: me planté ante
el espejo, lo apreté y algo blancuzco apareció; apreté más fuerte y durante una
fracción de segundo me pareció vivir una de las pesadillas surrealistas donde
pronto los ojos florecen en medio de una mejilla: un diente hendía mi carne: el
que se había roto en mi caída; se había quedado incrustado allí durante semanas;
cuando conté esas historias a mis amigos, se rieron inmoderadamente.
Me preocupaba muy poco de mi apariencia, porque además veía a muy poca gente”.
Simone, no se preocupó por ponerse el diente pronto, ella misma lo relata. Tal vez por ello, en la mayoría de las fotos de esa época no suele sonreír mucho. Sin embargo, en esta foto se alcanza apreciar la falta del diente.
Ella, en París, 1946.
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